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La infanta Cristina imputada

La infanta Cristina imputada

Mi vecina Fresquita tiene ciertos problemillas judiciales. Nada importante, unas multas por aparcar en el carril bus, tirar la moto de un policía y darse a la fuga y hoy, nada más ver que abría la ventana, la tenía timbrando en mi puerta con un café y unos churritos calientes, de esos que quitan el hipo y ponen unos kilos donde no deberían estar. Al momento de haber empezado a degustar tan suculento desayuno me he dado cuenta que, mi querida vecina, estaba inquieta. Su cuerpo mandaba las señales propias de alguien que está preocupado por algo: Labios apretados, movimiento incesante en la silla, rascaditas por aquí y por allá, tensión de espalda. Tan sólo un “¿te pasa algo Fresquita?” ha sido suficiente para cambiar su lenguaje corporal y empezar a rajar como el cuchillo de un melonero: “Como tengo esos problemillas con la justicia había pensado en contratar a un abogado de los buenos. Es más, quería que fuera ese que está defendiendo a la infanta Cristina. Sí ese que se llama algo así como Porras, Torras”, “Horrach” contesté inmediatamente, “si, ese precisamente”. Fresquita estaba convencida de que el fiscal Anticorrupción de Baleares era el abogado de la hermana de nuestro rey.
Después de una larga charla con ella, sacarla de su error y derramar una lagrimita porque ya se veía compartiendo “jurista real” con Doña Cristina, la mujer seguía moviendo la cabeza, de lado a lado, sin dar crédito a lo que yo le explicaba, “pero, ¿no es ese tal Horrach el que ha presentado el escrito en defensa de la imputación de la infanta? Me estas liando”.
No me extraña que Fresquita pensara que era el defensor de Doña Cristina. De hecho, después de leer su recurso, no debe de ser la única persona que crea que el fiscal se ha cambiado de banquillo.
La verdad es que no es para menos. Siempre había oído que la interpretación de la justicia por quienes la imparten, es ancha, espaciosa, holgada, pero ¿también lo son las palabras?
Por más que lo intento, yo tampoco entiendo al señor Don Pedro Horrach al calificar como “conjeturas” lo que en todos los procesos judiciales y, sobre todo, en una instrucción, se llama “indicios”. Qué yo sepa, la suma de varios indicios suele llevar a imputar a una persona en un hecho delictivo y sino que se lo pregunten a los padres de Asunta Basterra, la niña de origen chino que apareció muerta en Galicia, cuyos progenitores están a la espera de juicio acusados de acabar con la vida de la pequeña. El juez instructor del caso, considera que la suma de todos los indicios hallados en su contra, les hace culpables de asesinato. Es más, como la lengua española es rica y nuestro diccionario de la Real Academia extenso, he buscado la palabra “conjetura” en él y este es el significado: “Juicio que se forma de las cosas o acaecimientos por indicios y observaciones”. Caramba, ¿por indicios?, ¿por observaciones? Sr Horrach va a tener que presentar un recurso ante la RAE para que cambien la definición.
De la misma forma me llama la atención cuando menciona y cito textualmente, “No es que la imputada sea evasiva sino que no dice lo que el instructor quiere oír”. Sr. Horrach, la imputada no fue evasiva, sencillamente no dijo absolutamente nada. He estado en multitud de juicios y, precisamente, esas respuestas inconsistentes, nulas, sacan de sus casillas a fiscales y acusaciones e incluso magistrados. Tenga cuidado, porque igual a partir de ahora se va a poner de moda que en cada caso que usted participe, la ausencia de respuestas por parte de los imputados sea considerado como algo a favor de su defensa o incluso como un atenuante.
Por otro lado, eso de hacerse la tonta, “yo no sabía lo que firmaba”, “mi marido era el que lo llevaba todo”, es algo muy habitual en nuestra cultura marital y en gente con “posibles”, vamos que eso nunca me va a pasar a mí. Las esposas y maridos que prefieren parecer tontos antes que pasar una temporadita en villa candado no es algo nuevo en nuestros tribunales. Lo que ahora me preocupa es el caldo de cultivo, tan peligroso, que está usted creando, porque, ¿Qué va a pasar ahora con todas esas mujeres que, por amor, ocultaban droga y dinero de dudosa procedencia, de sus maridos en sus domicilios y dieron con sus huesos en la cárcel? Estoy segura que las que vivan en las Baleares llamaran al Sr. Horrach para que las trate igual que a la infanta o, sencillamente recordarán las palabras emitidas por él en su recurso: “En el Derecho Penal, basado en el principio de culpabilidad, no cabe admitirse ningún tipo de presunción de participación por la mera convivencia conyugal”.
Pero lo que más me llama la atención del Sr. Horrach es cuando descubro al poeta, a ese hombre cargado de sentimiento que imprime lírica a un recurso por delitos fiscales y blanqueo de capitales. Esa frase, “Cuando se revisan los anclajes de dicha estructura se revela tal inconsistencia que una leve brisa lo desmorona”, esa espiritualidad con la que a modo de revelación eólica desmonta el auto del juez Castro es, sencillamente, sublime.
Y como decía la gran escritora recientemente fallecida, Ana María Matute, “Lo políticamente correcto casi nunca es literario.”

Sonia González

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