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Hoy mi vecina Fresquita estaba como loca. Nada más despertarse ha visto como tenía mi balcón y ha subido a mi casa saltando los escalones de dos en dos. Me conoce como si me hubiera parido y no daba crédito a lo que veían sus ojos; globos, guirnaldas verbeneras, espumillón, dos piñatas y, lo mejor de todo, dos pancartas gigantes en las que se podía leer a más de un kilómetro “Te invito a mi cumpleaños” y “Aquí todos los niños pueden comer gratis”.
Cuando he abierto la puerta estaba indignada, su cabreo era tan evidente que hasta me ha dado miedo preguntar. No ha hecho falta, ella sabía que hoy, día de San Juan, era mi cumpleaños, pero lo que desconocía era mi forma de celebrarlo. Me ha mirado entornando los ojos, escudriñando como si leyera mi mente y visualizara más allá de mis pensamientos y entonces ha estallado: “Estás loca, ¿qué te crees que tu solita vas a salvar el mundo?, ¿vas a dar de comer a todos los niños de este país? Y para terminar, indignada y con ese giro de tacones característico en ella, me ha escupido a la cara lo que le ardía en su interior: “Cómo has podido organizar esto y no contar conmigo”.
En eso, mi querida Fresquita tenía razón, pero la idea me ha venido de repente. Te levantas te pones a leer las noticias y el alma se te encoje al ver que medio millón de niños españoles no tienen nada que llevarse a la boca y que 2,2 millones viven al límite de la pobreza. ¿Cómo en pleno siglo XXI se puede estar discutiendo de abrir o no abrir comedores escolares en verano para que los niños puedan tener una comida digna al día y no pasen hambre? Por mucho que le doy vueltas no entiendo como hemos llegado a esta situación. ¿No es España un país industrializado?, ¿no formamos parte de la Unión Europea?, entonces señores, señoras, ¿qué estamos haciendo mal para que los más débiles, los más indefensos, pasen hambre? Nunca deberíamos haber llegado a este punto. Jamás tendríamos que estar hablando de este tema porque esta situación no debería existir.
Y ahora qué hacemos, ¿nos rasgamos las vestiduras y nos ponemos a tirar balones fuera en vez de agarrar el toro por los cuernos?
La carga de la vergüenza es enorme, es lo peor que le puede pasar a nuestro país. Siempre digo que nuestros hábitos, los de las personas, forjan nuestro carácter, pues lo mismo pasa con un país y éste, llamado España, está adquiriendo unos hábitos ruinosos.
Estamos marcados por la peor de las vergüenzas y parece que nos quedamos como el aceite, en la superficie, para intentar solucionarlas. Vamos de país moderno, avanzado y nuestros hijos pasan hambre. Malos hábitos, mal futuro.
Se que mi pobre fiesta, con cuatro sándwich y tres tortillas, solo ha apagado la hambruna de mi calle, pero por algo se empieza. Cambiar esos malos hábitos para que lo cotidiano no sea despertarnos con noticias de ese tipo es el comienzo. En este país ya no se habla de niños malnutridos, se habla de niños que pasan hambre y ya nos parece hasta natural que el colofón de la crisis sean esos titulares.
Al final Fresquita tenía razón, uno solo no puede hacer mucho, por eso ella, después de echarme la bronca, se fue a casa, se puso a cocinar y trajo tanta comida, que todos los que vinieron se llevaron para varios días.
Qué maravilla sería que cada día hubiera una fiesta de cumpleaños como la mía en cada sede de cada partido político de este país, en cada sindicato, en cada Ayuntamiento, en cada centro social, en cada iglesia.
De momento la semana que viene nadie cumple años en el edificio, pero vamos a celebrar la semana grande de los Buenos Hábitos, esperemos que sean contagiosos.

Sonia González

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